Aug 15, 2016

Nuestra Señora de Loreto (ITALIA)

Guía didáctica sobre la doctrina de la Divina Voluntad - SEMANA 5 - Volúmen 1 Capítulos 15 - 21

Guía didáctica sobre la doctrina de la Divina Voluntad - SEMANA 5 - Volúmen 1 Capítulos 15 - 21

Les recomendamos tomar apuntes y anotar sus preguntas.
Semana 5 - Agosto 13 - Agosto 20
Pueden descargar el Volumen 1 en PDF desde aquí:
EL REINO DEL "FIAT" EN MEDIO DE LAS CRIATURAS
- LIBRO DE CIELO -
LA LLAMADA A LA CRIATURA AL ORDEN, A SU PUESTO Y A LA FINALIDAD PARA LA CUAL FUE CREADA POR DIOS.
VOLUMEN 1
Capt. 15.- Vol. 1 Jesús solicita a Luisa para enriquecerla y embellecerla más y unirla más íntimamente a Sí, a sostener una terrible lucha contra los demonios.
Después de que hubo pasado algún tiempo, a veces con El, a veces privada de El, un día, después de la Comunión me sentí más íntimamente unida a El, me hacía varias preguntas, como por ejemplo, si lo quería, si estaba dispuesta a hacer lo que El quería, aun el sacrificio de la vida por amor suyo, y me decía:
“Y tú dime qué quieres, si tú estás pronta a hacer lo que quiero, también Yo haré lo que quieras tú.”
Yo me sentía toda confundida, no comprendía su modo de obrar, pero con el tiempo he entendido que ese modo de obrar lo usa cuando quiere disponer al alma a nuevas y más pesadas cruces, y la sabe atraer tanto a El con esas estratagemas, que el alma no se atreve a oponerse a lo que El quiere. Entonces le decía: “Sí, te amo, pero dime Tú mismo, ¿puedo encontrar objeto más bello, más santo, más amable que Tú? Además, ¿porqué me preguntas si estoy dispuesta a hacer lo que quieres, si desde hace tanto tiempo te entregué mi voluntad y te pedí que no evitaras ni aun el hacerme pedazos con tal que te pudiera dar gusto? Yo me abandono en Ti. OH Esposo Santo, obra libremente, haz de mí lo que quieras, dame tu Gracia, pues por mí nada soy y nada puedo.” Y El me decía:
“¿Verdaderamente estás dispuesta a todo lo que quiero?”
Yo entonces me sentía más confundida y anonadada, y decía: “Sí, estoy dispuesta.” Pero casi temblando, y El compadeciéndome, seguía diciendo:
“No temas, seré tu fuerza, no sufrirás tú, sino seré Yo quien sufrirá y combatirá en ti. Mira, quiero purificar tu alma de todo mínimo defecto que pudiera impedir mi Amor en ti, quiero probar tu fidelidad, ¿pero cómo puedo ver si esto es verdad si no es poniéndote en medio de la batalla? Debes saber que quiero ponerte en medio de los demonios, les daré libertad de atormentarte y de tentarte a fin de que cuando hayas combatido los vicios con las virtudes opuestas, te encontrarás ya en posesión de esas mismas virtudes que creías perder, y después tu alma purificada, embellecida, enriquecida, será como un rey que regresa vencedor de una ferocísima guerra, que mientras creía perder lo que tenía, vuelve en cambio más glorioso y lleno de inmensas riquezas. Y entonces vendré Yo, formaré en ti mi morada y estaremos siempre juntos. Es verdad que será doloroso tu estado, los demonios no te darán paz, ni de día ni de noche, estarán siempre en acto de hacerte ferocísima guerra, pero tú ten siempre en la mira lo que quiero hacer de ti, esto es, hacerte semejante a Mí, y que no podrás llegar a esto sino por medio de muchas y grandes tribulaciones, y así tendrás más ánimo para soportar las penas.”
¿Quién puede decir cómo quedé asustada ante tal anuncio? Me sentí helar la sangre, erizar los cabellos y mi imaginación quedó llena de negros espectros que parecía que me querían devorar viva. Me parecía que el Señor, antes de ponerme en este estado doloroso, daba libertad a todo lo que debía sufrir, y me veía rodeada por todo eso, entonces me dirigí a El y le dije: “Señor, ¡ten piedad de mí! Ah, no me dejes sola y abandonada, veo que es tanta la rabia de los demonios que no dejarán de mí ni siquiera el polvo, ¿cómo podré resistirles? Para Ti es bien conocida mi miseria y cuán mala soy, por eso dame nueva gracia para no ofenderte. Señor mío, la pena que más desgarra mi alma es ver que también Tú debes dejarme. Ah, ¿a quién podré decir alguna palabra, quién me debe enseñar? Pero sea hecha siempre tu Voluntad, bendigo tu santo Querer.” Y El benignamente continuó diciéndome:
“No te aflijas tanto, debes saber que jamás permitiré que te tienten más allá de tus fuerzas; si esto lo permito es para tu bien, jamás pongo a las almas en la batalla para hacer que perezcan, primero mido sus fuerzas, les doy mi gracia y después las introduzco, y si alguna alma se precipita es porque no se mantiene unida a Mí con la oración, y no sintiendo más la sensibilidad de mi amor, van mendigando amor de las criaturas, mientras que sólo Yo puedo saciar el corazón humano; no se dejan guiar por el camino seguro de la obediencia, creyendo más en el juicio propio que en quien las guía en mi lugar, entonces, ¿qué maravilla si se precipitan? Por eso lo que te recomiendo es la oración, aunque debieras sufrir penas de muerte jamás debes descuidar lo que acostumbras hacer, es más, cuanto más te veas en el precipicio, tanto más invocarás la ayuda de quien puede liberarte. Además quiero que te pongas ciegamente en las manos del confesor, sin examinar lo que te viene dicho, tú estarás circundada de tinieblas y serás como uno que no tiene ojos y que necesita de una mano que lo guíe. El ojo para ti será la voz del confesor que como luz te iluminará las tinieblas, la mano será la obediencia que te será guía y sostén para hacerte llegar a puerto seguro. La última cosa que te recomiendo es el valor, quiero que con intrepidez entres en la batalla, la cosa que más hace temer a un ejército enemigo es ver el coraje, la fortaleza, el modo con el cual desafían los más peligrosos combates sin temer nada. Así son los demonios, nada temen más que a un alma valerosa, toda apoyada en Mí, que con ánimo fuerte va en medio a ellos no para ser herida, sino con la resolución de herirlos y exterminarlos, los demonios quedan espantados, aterrados y quisieran huir, pero no pueden, porque atados por mi Voluntad están obligados a estarse para su mayor tormento. Así que no temas de ellos, que nada pueden hacerte sin mi Querer. Y además, cuando te vea que no puedes resistir más y estés a punto de desfallecer, si me eres fiel inmediatamente vendré y pondré a todos en fuga y te daré gracia y fortaleza. ¡Animo pues, ánimo!”
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Capt. 16.- Vol. 1 Luisa supera una terrible prueba, luchando contra los demonios.
Ahora, ¿quién puede decir el cambio que sucedió en mi interior? Todo era horror para mí, aquel amor que antes sentía en mí, ahora lo veía convertido en odio atroz, qué pena el no poderlo amar más. Me desgarraba el alma el pensar en aquel Señor que había sido tan bueno conmigo, y ahora verme obligada a aborrecerlo, a blasfemarlo como si fuese el más cruel enemigo, el no poderlo mirar ni siquiera en sus imágenes, porque al mirarlas, al tener rosarios entre las manos, al besarlos, me venían tales ímpetus de odio y tanta fuerza en contra, que hacerlo y reducirlos a pedazos era lo mismo, y a veces hacía tanta resistencia, que mi naturaleza temblaba de pies a cabeza. OH Dios, qué pena amarguísima. Yo creo que si en el infierno no hubiera otras penas, la sola pena de no poder amar a Dios formaría el infierno más horrible. Muchas veces el demonio me ponía delante las gracias que el Señor me había hecho, ahora como un trabajo de mi fantasía y por eso poder llevar una vida más libre, más cómoda; y ahora como verdaderas, y me decían: “¿Esto es lo bien que te quería? Esta es la recompensa, que te ha dejado en nuestras manos; eres nuestra, eres nuestra, para ti todo ha terminado, no hay más que esperar.” Y en mi interior me sentía poner tales ímpetus de aversión contra el Señor y de desesperación, que algunas veces teniendo alguna imagen entre las manos, era tanta la fuerza del desprecio que las rompía, pero mientras esto hacía lloraba y las besaba, pero no sé decir cómo era obligada a hacerlo. ¿Quién puede decir el desgarro de mi alma? Los demonios hacían fiesta y reían, unos hacían ruido desde un lugar, otros lo hacían desde otro, unos hacían estrépitos, otros me ensordecían con gritos diciendo: “Mira cómo eres nuestra, no nos queda otra cosa más que llevarte al infierno, alma y cuerpo, verás que lo haremos.” A veces me sentía jalar, ahora los vestidos, ahora la silla donde estaba arrodillada y tanto la movían y hacían ruido que no podía rezar; a veces era tanto el temor, que creyendo librarme me iba a acostar en la cama, (porque estos escándalos sucedían la mayor parte en la noche) pero también ahí seguían jalándome la almohada, las cobijas. ¿Pero quién puede decir el espanto, el temor que sentía? Yo misma no sabía dónde me encontraba, si en la tierra o en el infierno. Era tanto el temor de que en verdad me llevaran, que mis ojos no podían cerrarse al sueño, estaba como uno que tiene un cruel enemigo que ha jurado que a cualquier costo le debe quitar la vida, y creía que esto me sucedería en cuanto cerrara los ojos. Así que sentía como si alguien me pusiera algo dentro de los ojos, de modo que estaba obligada a tenerlos abiertos para ver cuando me debían llevar, tal vez podría oponerme a lo que querrían hacer, entonces me sentía erizar los cabellos de mi cabeza, uno por uno, un sudor frío en todo mi cuerpo que me penetraba hasta los huesos y me sentía desunir los nervios y los huesos, y se agitaban juntos por el miedo. Otras veces me sentía incitar a tales tentaciones de desesperación y de suicidio, que alguna vez habiéndome encontrado cerca de un pozo, o bien de un cuchillo, me sentía atraer para conducirme dentro o bien tomar el cuchillo y matarme, y era tanta la fuerza que debía hacer para huir, que sentía penas de muerte, y mientras huía sentía que iban junto conmigo y oía sugerirme que para mí era inútil el vivir después de haber cometido tantos pecados, que Dios me había abandonado porque no había sido fiel; es más, veía que había hecho tantas infamias, que jamás alma alguna en el mundo había cometido, que para mí no había más misericordia que esperar. En el fondo de mi alma oía repetir: “¿Cómo puedes vivir siendo enemiga de Dios? ¿Sabes tú quién es ese Dios a quien tanto has ultrajado, blasfemado, odiado? Ah, es ese Dios inmenso que por todas partes te circundaba, y tú ante sus ojos te has atrevido a ofenderlo. Ah, perdido el Dios de tu alma, ¿quién te dará paz? ¿Quién te librará de tantos enemigos?” Era tanta la pena que no hacía otra cosa que llorar; a veces me ponía a rezar, y los demonios para acrecentar mi tormento, los sentía venir encima de mí, y quién me golpeaba, quién me pinchaba, y quién me apretaba la garganta. Recuerdo que una vez mientras rezaba, me sentí jalar los pies desde bajo la tierra, abrirse y salir las llamas y que yo caía dentro. Fue tal el espanto y el dolor, que quedé medio muerta, tanto que para recuperarme de aquel estado tuvo que venir Jesús y me reanimó, me hizo entender que no era verdad que había puesto la voluntad en ofenderlo, y que yo misma lo podía saber por la pena amarguísima que sentía, que el demonio era un mentiroso y que no debía hacerle caso, que por ahora debía tener paciencia en sufrir esas molestias, que después debía venir la paz. Esto sucedía de vez en cuando, cuando llegaba a los extremos, y a veces para ponerme en más duros tormentos. En el momento de ese consuelo el alma se convencía, porque ante esa luz es imposible que el alma no aprenda la verdad, pero después cuando me encontraba en la lucha me encontraba en el mismo estado de antes. Me tentaba también a no recibir la comunión, persuadiéndome de que después de que había cometido tantos pecados, era un atrevimiento acercarme, y que si me atrevía, no habría venido Jesucristo sino el demonio, y que tantos tormentos me habría de dar que me daría la muerte, pero la obediencia lo vencía, es verdad que a veces sufría penas mortales, así que trabajosamente podía recuperarme después de la comunión, pero como el confesor quería absolutamente que la recibiera, no podía hacer de otro modo. Recuerdo que varias veces no la recibí. También recuerdo que a veces mientras rezaba en la noche, me apagaban la lámpara; a veces hacían tales rugidos de dar miedo; otras veces voces débiles, como si fueran moribundos, ¿pero quién puede decir todo lo que hacían?
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Capt. 17.- Vol. 1 Victoria en la prueba.
Ahora, esta dura batalla, aunque no recuerdo muy bien, duró tres años, aunque había días o semanas de intervalo, no que cesaran del todo, sino que empezaron a disminuir. Recuerdo que después de una comunión, el Señor me enseñó el modo cómo debía hacer para ponerlos en fuga, y era el despreciarlos y no prestarles ninguna atención, y que debía hacer de cuenta como si fueran tantas hormigas. Me sentí infundir tanta fuerza que no sentía más aquel temor de antes, y hacía así: Cuando hacían estrépito, rumores, les decía: “Se ve que no tenéis nada qué hacer, y que para pasar el tiempo estáis haciendo tantas tonteras; hagan, hagan, que después cuando os canséis, lo terminaréis.” A veces cesaban, otras veces se enojaban tanto que hacían ruidos más fuertes. Los sentía junto a mí haciéndose más fuertes y hacían violencia para llevarme, olía la horrible peste, sentía el calor del fuego. Es verdad que en mi interior sentía un estremecimiento, pero me forzaba y les decía: “Mentirosos que sois, si esto fuera cierto desde el primer día lo habríais hecho, pero como es falso es que no tenéis ningún poder sobre mí, sino sólo aquel que os viene dado de lo Alto, por eso digan, digan, y después cuando os canséis, reventareis.” Si emitían lamentos y gritos les decía: “Qué, ¿no os han salido las cuentas hoy?” Es decir, “¿os lamentáis porque os ha sido quitada alguna alma?” Pobrecitos, no se sienten bien, sin embargo quiero también yo haceros lamentar otro poco.” Y me ponía a rezar por los pecadores, o bien a hacer actos de reparación. A veces me reía cuando empezaban a hacer las acostumbradas cosas y les decía: “¿Cómo puedo temeros, raza vil? Si fuerais seres serios no habríais hecho tantas tonterías. ¿Vosotros mismos, no os avergonzáis? No hagáis que os tome a burla.” Después, si me ponían tentaciones de blasfemar o de odio contra Dios, ofrecía aquella pena amarguísima, aquella violencia que me hacía – porque mientras veía que el Señor merecía todo el amor, todas las alabanzas, yo era forzada a hacer lo contrario – en reparación de tantos que libremente lo blasfeman y que ni siquiera se recuerdan que existe un Dios, que están obligados a amarlo. Si me incitaban a desesperación, en mi interior decía: “No pongo atención ni del paraíso ni del infierno, lo único que me afana es amar a mi Dios, este no es tiempo de pensar en otra cosa, sino que es tiempo de amar cuanto más pueda a mi buen Dios, el Paraíso y el Infierno los dejo en sus manos, El, que es tan bueno me dará lo que más me conviene y me dará un lugar donde pueda glorificarlo más.” Jesucristo me enseñó que el medio más eficaz para hacer que el alma quede libre de toda vana aprehensión, de toda duda, de todo temor, era el declarar delante al Cielo, a la tierra y ante los mismos demonios, no querer ofender a Dios, aun a costa de la propia vida, no querer consentir a ninguna tentación del demonio, y esto en cuanto el alma advierte que viene la tentación, si puede en el momento de la batalla, y apenas se empieza a sentir libre, y también durante el curso del día. Haciendo así, el alma no perderá tiempo en pensar si consintió o no, porque el sólo recordar la promesa le devolverá la calma, y si el demonio busca inquietarla, podrá responderle que si hubiera tenido intención de ofender a Dios, no habría declarado lo contrario, y así quedará libre de todo temor. Ahora, ¿quién puede decir la rabia del demonio, pues actuando de este modo todas sus astucias resultaban para su confusión y donde creía ganar perdía, ya que de sus mismas tentaciones y artificios el alma se servía para poder hacer actos de reparación y amor a su Dios? El otro modo que me enseñó para alejar las tentaciones fue el siguiente: Si me tentaban a suicidio yo debía responder: “No tenéis ningún permiso de Dios, es más, para vuestro despecho quiero vivir para poder amar más a mi Dios.” Si me golpeaban, yo me debía humillar, arrodillarme y agradecer a mi Dios porque esto sucedía como penitencia de mis pecados, y no sólo eso, sino ofrecer todo como actos de reparación por todas las ofensas hechas a Dios en el mundo. Finalmente, una fea tentación que me duró poco, fue que debido al contacto continuo por cerca de año y medio con los tan feos demonios, yo debía quedar encinta y parir luego un pequeño demonio con cuernos. Mi fantasía crecía tanto, que yo me veía delante una confusión horrible, por lo que se diría de mí por tan espantoso suceso.
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Capt. 18.- Vol. 1 Luisa ve a Jesús doliente una segunda vez, y acepta el estado de Víctima.
Finalmente terminó después de cerca de año y medio de esta lucha, terminaron las crueldades de los demonios y comenzó una vida toda nueva, pero los demonios no dejaron de molestarme de vez en cuando, pero no eran tan frecuentes, no tan feroz la batalla, y yo me acostumbré a despreciarlos. La vida nueva que comenzó fue en la casa de campo llamada “Torre Disperata”. Un día, en que más que nunca había sido atormentada por el demonio, tanto que sentí perder las fuerzas y desmayar, por la tarde, mientras así estaba sentí venirme una cosa mortal y perdí los sentidos, en este estado vi a Jesucristo rodeado de muchos enemigos, quien lo golpeaba, quien lo abofeteaba, quien le clavaba las espinas en la cabeza, quien le rompía las piernas, quien los brazos. Después que lo redujeron casi en pedazos lo pusieron en los brazos de la Virgen, y esto sucedía un poco lejos de mí. Después que la Virgen Santísima lo tomó entre sus brazos, se acercó a mí y llorando me dijo:
“Hija, mira cómo es tratado mi Hijo por los hombres, las horribles ofensas que cometen jamás le dan tregua, míralo cómo sufre.”
Yo trataba de verlo y lo veía todo sangre, todo llagas, y casi despedazado, reducido a un estado mortal, sentía tales penas que hubiera querido morir mil veces antes que ver sufrir tanto a mi Señor, me avergonzaba de mis pequeños sufrimientos. La Santísima Virgen agregó, pero siempre llorando:
“Acércate a besar las Llagas de mi Hijo, El te escoge como víctima, y si tantos lo ofenden, tú ofreciéndote a sufrir lo que El sufre le darás un alivio en tanto sufrir, ¿no lo aceptas?”
Yo me sentía tan aniquilada, me veía tan mala (como lo soy todavía) e indigna, que no osaba decir “sí”, mi naturaleza temblaba, me sentía tan débil por las penas pasadas que apenas me quedaba un hilo de vida. Además, no sé cómo, de lejos veía a los demonios que alborotaban tanto, hacían mucho ruido y veía que todo lo que había visto que le habían hecho al Señor debían hacérmelo a mí si aceptaba. En mí misma sentía tales penas, dolores, estiramientos de nervios, que creí que dejaría la vida. Finalmente me acerqué y le besé las Llagas; parecía que al hacerlo aquellos miembros tan lacerados se curaban, y el Señor que antes parecía casi muerto empezaba a reanimarse a nueva vida. Internamente recibía tales luces sobre las ofensas que se cometen, atracciones para aceptar ser víctima aunque debiese sufrir mil muertes, porque el Señor todo merecía y que yo no podría oponerme a lo que El quería. Esto sucedía mientras estábamos en silencio, pero aquellas miradas que mutuamente nos dábamos eran tantas invitaciones, tantas saetas ardientes que me traspasaban el corazón. La Santísima Virgen especialmente me incitaba a aceptar, ¿pero quién puede decir todo lo que pasé? Finalmente el Señor mirándome benignamente me dijo:
“Tú has visto cuánto me ofenden y cuántos caminan por los caminos de la iniquidad, y sin advertirlo se precipitan en el abismo; ven a ofrecerte ante la Divina Justicia como víctima de reparación por las ofensas que se hacen y por la conversión de los pecadores, que a ojos cerrados beben en la fuente envenenada del pecado. Un inmenso campo se abre ante ti, de sufrimientos, sí, pero también de gracias. Yo no te dejaré más, vendré en ti a sufrir todo lo que me hacen los hombres, haciéndote participar de mis penas. Como ayuda y consuelo te doy a mi Madre.”
Y parecía que me entregaba a Ella, y Ella me aceptaba. Yo también me ofrecí toda a El y a la Virgen, dispuesta a hacer lo que El quería, y así terminó la primera vez. Después de que me recobré de aquel estado, sentía tales penas, tal aniquilamiento de mí misma, que me veía como un miserable gusano que no sabía hacer más que arrastrarse por tierra, y decía al Señor: “Ayuda, tu omnipotencia me aterra, veo que si Tú no me levantas, mi nada se deshace y va a dispersarse. Dame el sufrir, pero te ruego me des la fuerza, porque me siento morir.” Y así empezó un alternarse de visitas de Nuestro Señor y de tormentos por parte de los demonios; por cuanto más me resignaba, tanto más aumentaba su rabia.
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Capt. 19.- Vol. 1 La Víctima comienza a hacer su oficio, tomando parte en las penas de Jesús, coronado de espinas, para reparar por los pecados, especialmente de soberbia. Comienza para Luisa el ayuno.
Pocos días después de lo dicho anteriormente sentí de nuevo perder los sentidos, (recuerdo que al principio, cada vez que me sucedía esto creía que debía dejar la vida). Mientras perdí los sentidos se hizo ver otra vez Nuestro Señor con la corona de espinas en la cabeza, todo chorreando Sangre, y dirigiéndose a mí dijo:
“Hija, mira lo que me hacen los hombres; en estos tristes tiempos es tanta su soberbia que han infestado todo el aire, y es tanta la peste que por todas partes se esparce, tanto, que ha llegado hasta mi trono en el empíreo. Hacen de tal modo que ellos mismos se cierran el Cielo; miserables, no tienen ojos para ver la verdad porque están ofuscados por el pecado de la soberbia, con el cortejo de los demás vicios que llevan consigo. Ah, dame un alivio a tan acerbos dolores y una reparación a tantas ofensas que me hacen.”
Diciendo esto se quitó la corona, que no parecía corona sino toda una madeja, de modo que ni siquiera una mínima parte de la cabeza quedaba libre, sino que toda era traspasada por aquellas espinas. Mientras se quitó la corona se acercó a mí y me preguntó si la aceptaba. Yo me sentía tan aniquilada, sentía tales penas por las ofensas que se le hacen, que me sentía destrozar el corazón y le dije: “Señor, haz de mí lo que quieras.” Y así lo hizo y me la hundió sobre mi cabeza y desapareció. Ahora, ¿quién puede decir el dolor que sentí al volver en mí misma? A cada movimiento de la cabeza creía expirar, tantos eran los dolores, las pinchaduras que sentía en la cabeza, en los ojos, en las orejas, detrás en la nuca; aquellas espinas me las sentía penetrar hasta en la boca, y se me apretaba de tal modo que no podía abrirla para tomar el alimento, y estaba a veces dos y a veces tres días sin poder tomar nada. Cuando de algún modo se mitigaban, sentía sensiblemente una mano que me oprimía la cabeza y me renovaba las penas, y a veces eran tantos los dolores que perdía los sentidos. Al principio esto sucedía algunos días sí y otros no, de vez en cuando se repetía tres o cuatro veces al día, a veces duraba un cuarto de hora, otras veces media hora y otras una hora, y después quedaba libre, sólo que me sentía muy débil y sufriente, en la medida en que en aquel estado adormecimiento me habían sido comunicadas las penas, así quedaba más o menos sufriente. Recuerdo también que como algunas veces por los sufrimientos de la cabeza, como dije arriba, no podía abrir la boca para tomar el alimento, y como la familia sabía que no tenía ganas de estar en el campo, cuando veían que no comía lo atribuían a un capricho mío, y naturalmente se enojaban, se inquietaban y me reprendían. Mi naturaleza quería resentirse por esto, porque veía que no era verdad lo que ellos decían, pero el Señor no quería este resentimiento, y he aquí como sucedió:
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Capt. 20.- Vol. 1 Sufrimientos de parte de la familia. Sumo temor y repugnancia de Luisa, que los demás puedan percatarse de sus sufrimientos y de cuanto le sucedía: pero el Señor hace que lo adviertan.
Una noche, mientras estábamos a la mesa y yo en este estado de no poder abrir la boca, la familia empezó a inquietarse, yo lo sentía tanto que comencé a llorar y para no ser vista me levanté y me fui a otra habitación para seguir llorando y le pedía a Jesucristo y a la Virgen Santísima que me dieran ayuda y fuerza para soportar esa prueba, pero mientras esto hacía sentí que empezaba a perder los sentidos. ¡OH Dios, qué pena el solo pensar que la familia me vería, siendo que hasta entonces no lo habían advertido! Mientras estaba en esto le decía: “Señor, no permitas que me vean.” Y yo tenía tal vergüenza de que me vieran, aunque no sé decir porqué, y trataba por cuanto más podía de esconderme en lugares donde no podía ser vista. Cuando era sorprendida imprevistamente por ese estado, de modo que no tenía tiempo de esconderme o al menos de arrodillarme, porque en la posición en que me encontraba así quedaba, y podrían decir que estaba rezando, entonces me descubrían. Mientras perdí los sentidos se hizo ver Nuestro Señor en medio de muchos enemigos que le lanzaban toda clase de insultos, especialmente lo agarraban y lo pisoteaban bajo los pies, lo blasfemaban, le jalaban los cabellos; me parecía que mi buen Jesús quería huir de debajo de aquellos fétidos pies e iba buscando una mano amiga que lo liberara, pero no encontraba a nadie. Mientras esto veía, yo no hacía otra cosa que llorar sobre las penas de mi Señor, hubiera querido ir en medio de esos enemigos, tal vez podría liberarlo, pero no me atrevía y le decía: “Señor, hazme participar en tus penas. ¡Ah, si pudiera aliviarte y liberarte!” Mientras esto decía, aquellos enemigos, como si hubieran entendido, se venían contra mí, pero tan enfurecidos y empezaron a golpearme, a jalarme los cabellos, a pisotearme; yo tenía gran temor, sufría, sí, pero dentro de mí estaba contenta porque veía que daba al Señor un poco de tregua. Después aquellos enemigos desaparecían y yo quedé sola con mi Jesús. Traté de compadecerlo pero no me atrevía a decirle nada, y El rompiendo el silencio me dijo:
“Todo lo que tú has visto es nada en comparación de las ofensas que continuamente me hacen, es tanta su ceguera, el entregarse a las cosas terrenas, que llegan a volverse no sólo crueles enemigos míos, sino también de ellos mismos, y como sus ojos están fijos en el fango, por eso llegan a despreciar lo eterno. ¿Quién me reparará por tanta ingratitud? ¿Quién tendrá compasión de tanta gente que me cuesta sangre y que vive casi sepultada en la mugre de las cosas terrenas? Ah, ven y reza, llora junto conmigo por tantos ciegos que son todo ojos para todo lo que sabe a tierra, y desprecian y pisotean mis gracias bajo sus inmundos pies, como si éstas fueran fango. Ah, elévate sobre todo lo que es tierra, aborrece y desprecia todo lo que a Mí no pertenece, no te importen las burlas que recibas de la familia después de que me has visto sufrir tanto, sólo te importe mi honor, las ofensas que continuamente me hacen y la pérdida de tantas almas. Ah, no me dejes solo en medio de tantas penas que me destrozan el corazón, todo lo que tú sufres ahora es poco en comparación con las penas que sufrirás, ¿no te he dicho siempre, que lo que quiero de ti es la imitación de mi Vida? Mira cuán desemejante eres de Mí, por eso ánimo y no temas.”
Después de esto volví en mí misma y me di cuenta que estaba rodeada por la familia, todos lloraban y estaban alarmados y tenían tal temor de que se repitiera ese estado, pensando que moriría, que decidieron volver a Corato lo más pronto posible para hacerme observar por los médicos. No sé decir porqué sentía tanta pena al pensar que debía ser examinada por los médicos, muchas veces lloraba y me lamentaba con el Señor diciéndole: “Cuántas veces, OH Señor, te he rogado que me hagas sufrir ocultamente, esto era mi único contento, y ahora también de esto estoy privada. ¡Ah! dime, ¿cómo haré? Sólo Tú puedes ayudarme y consolarme en mi aflicción, ¿no ves tantas cosas que dicen? Unos piensan de un modo y otros de otro; quien quiere aplicarme un remedio y quien otro, son todo ojos sobre mí, de modo que no tengo más paz. Ah, socórreme en tantas penas, porque me siento faltar la vida.” Y el Señor benignamente agregó:
“No quieras afligirte por esto; lo que quiero de ti es que te abandones como muerta entre mis brazos. Hasta en tanto tú tengas los ojos abiertos para ver lo que Yo hago y lo que hacen y dicen las criaturas, Yo no puedo libremente obrar sobre ti. ¿No quieres fiarte de Mí? ¿No sabes cuánto te amo y que todo lo que permito, o por medio de las criaturas o por medio de los demonios, o por mi medio directamente, es para tu verdadero bien y no sirve para otra cosa que para conducir a tu alma al estado al que la he elegido? Por eso quiero que a ojos cerrados te estés entre mis brazos, sin mirar ni investigar esto o aquello, fiándote enteramente de Mí y dejándome obrar libremente; si en cambio quieres hacer lo contrario, perderás tiempo y llegarás a lo opuesto de lo que quiero hacer de ti. Respecto a las criaturas usa un profundo silencio, sé benigna y dócil con todos; haz que tu vida, tu respiro, tus pensamientos y afectos sean continuos actos de reparación que aplaquen mi Justicia, ofreciéndome también las molestias que te dan las criaturas, que no serán pocas.”
Después de esto hice cuanto más pude para resignarme a la Voluntad de Dios, si bien muchas veces era puesta en tales aprietos por parte de las criaturas que a veces no hacía otra cosa que llorar. Llegó el momento de recibir la visita del médico y juzgó que mi estado no era otra cosa que un problema nervioso, por lo que recetó medicinas, distracciones, paseos, baños fríos; recomendó a la familia que me cuidaran bien cuando era sorprendida por aquel estado, porque, les decía, si la mueven, la pueden lastimar en vez de ayudarla, porque yo cuando era sorprendida por ese estado quedaba petrificada. Entonces empezó una guerra por parte de la familia: Me impedían ir a la Iglesia, no me daban ya la libertad de quedarme sola, era observada continuamente, por lo que frecuentemente advertían que caía en ese estado. Muchas veces me lamentaba con el Señor diciéndole: “Mi buen Jesús, cuánto han aumentado mis penas, hasta de las cosas más amadas estoy privada, como son los Sacramentos. Jamás pensé que debía llegar a esto, quién sabe dónde iré a terminar. ¡Ah! dame ayuda y fuerza, porque mi naturaleza desfallece.” Muchas veces se dignaba bondadosamente decirme algunas palabras, por ejemplo:
“Yo soy tu ayuda, ¿de qué temes? ¿No recuerdas que también Yo sufrí por parte de toda clase de gente? Unos pensaban de Mí de un modo, y otros de otro; las cosas más santas que Yo hacía eran juzgadas por ellos como defectuosas, malas, hasta me dijeron que era un endemoniado, tanto que me veían con ojos siniestros, me tenían entre ellos pero de mala gana y maquinaban entre ellos quitarme la vida lo más pronto posible, porque mi presencia se había vuelto intolerable para ellos. Entonces, ¿no quieres que te haga semejante a Mí haciéndote sufrir por parte de las criaturas?”
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Capt. 21.- Vol. 1 La cruz de saber que los propios padecimientos son conocidos por los demás: y ésta fue también una pena de Jesús.
Y así pasé algunos años sufriendo por parte de las criaturas, de los demonios y directamente por Dios; a veces llegaba a tanta amargura por parte de las criaturas y por el modo como pensaban, que tenía vergüenza de que me viera cualquier persona, tanto, que mi más grande sacrificio era aparecer en medio a las personas. Tanta era la vergüenza y la confusión que me sentía atontada. Hubo otras visitas de otros médicos, pero no sirvieron para nada. A veces derramando amargas lágrimas le decía con todo el corazón: “Señor, cómo se han vuelto públicos mis sufrimientos, ahora no sólo la familia lo sabe sino también los extraños, me veo toda cubierta de confusión, me parece que todos me señalan con el dedo, como si estos sufrimientos fueran las más malas acciones; yo misma no sé decir qué cosa me sucede. ¡Ah! sólo Tú puedes liberarme de tal publicidad y hacerme sufrir ocultamente. Te lo pido, te lo suplico, escúchame favorablemente.” A veces también el Señor mostraba no escucharme y aumentaban mis penas, otras veces me compadecía diciéndome:
“Pobre hija, ven a Mí que te quiero consolar, tú tienes razón en que sufres, pero es que no recuerdas que también Yo, OH, cuánto más sufrí; hasta cierto momento mis penas fueron ocultas, pero cuando llegó la Voluntad del Padre de sufrir en público, rápidamente salí a encontrar confusiones, oprobios, desprecios, hasta ser despojado de mis vestidos y estar desnudo en medio a un pueblo numerosísimo, ¿podrías tú imaginar confusión más grande que ésta? Mi naturaleza sentía mucho esta clase de sufrimientos, pero tenía los ojos fijos a la Voluntad del Padre y ofrecía esas penas en reparación de tantos que cometen las más nefandas acciones públicamente, ante los ojos de muchos y vanagloriándose sin la más mínima vergüenza, y le decía: “Padre, acepta mis confusiones y mis oprobios en reparación de tantos que tienen la desfachatez de ofenderte tan libremente sin el mínimo disgusto; perdónalos, dales luz para que vean la fealdad del pecado y se conviertan.” También a ti te quiero hacer partícipe de esta clase de sufrimientos; ¿no sabes tú que los más bellos regalos que puedo dar a las almas que amo son las cruces y las penas? Tú eres niña aún en el camino de la cruz, por eso te sientes demasiado débil, cuando hayas crecido y hayas conocido cuán precioso es el sufrir, entonces te sentirás más fuerte. Por eso apóyate en Mí, repósate, porque así adquirirás fuerza.”
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Luisa, pequeña hija de la Divina Voluntad, ilumínanos !!

The Assumption

The Assumption: Sweet Mary, assumed Body and Soul into Heaven, pray for us.

Aug 8, 2016

Material de apoyo de la Guía didáctica sobre la Divina Voluntad Presentación #1

Material de apoyo de la Guía didáctica sobre la Divina Voluntad Presentación #1

14 primeros capítulos del Volumen 1 de la Sierva de Dios Luisa Piccarreta en audio:

Acá podemos encontrar los 14 primeros capítulos del Volumen 1 en audio:

Guía didáctica sobre la doctrina de la Divina Voluntad - SEMANA 4 - Volúmen 1 Capítulos 8 - 14

Guía didáctica sobre la doctrina de la Divina Voluntad - SEMANA 4 - Volúmen 1 Capítulos 8 - 14

Les recomendamos tomar apuntes y anotar sus preguntas.
Semana 4 - Agosto 6 - Agosto 13
Pueden descargar el Volumen 1 en PDF desde aquí:
EL REINO DEL "FIAT" EN MEDIO DE LAS CRIATURAS
- LIBRO DE CIELO -
LA LLAMADA A LA CRIATURA AL ORDEN, A SU PUESTO Y A LA FINALIDAD PARA LA CUAL FUE CREADA POR DIOS.
VOLUMEN 1
Cap. 8.- Vol. 1 El alma se duele de los pecados y las faltas cometidas; pero Jesús no quiere que pierda más el tiempo pensado en su pasado.
Quedé tan espantada que no sabía qué hacer para reparar, hacía algunas mortificaciones, pedía otras al confesor, pero pocas me eran concedidas, así que todas me parecían sombras y no hacía otra cosa que pensar en mis pecados, pero siempre más estrechada a El. Tenía tal temor de alejarme de El y de actuar peor que antes, que yo misma no sé explicarlo. No hacía otra cosa cuando me encontraba con El que decirle la pena que sentía por haberlo ofendido, le pedía siempre perdón, le agradecía porque había sido tan bueno conmigo y le decía de corazón: “Mira, ¡OH! Señor el tiempo que he perdido, mientras que habría podido amarte.”
Entonces no sabía decir otra cosa que el grave mal que había hecho; finalmente, un día reprendiéndome me dijo:
“No quiero que pienses más en esto, porque cuando un alma se ha humillado, convencida de haber hecho mal y ha lavado su alma en el sacramento de la confesión y está dispuesta a morir antes que ofenderme, el pensar en ello es una afrenta a mi misericordia, es un impedimento para estrecharla a mi amor, porque siempre busca con su mente envolverse en el fango pasado y me impide hacerle tomar el vuelo hacia el Cielo, porque siempre con aquellas ideas se encierra en sí misma, si es que busca pensar en ellas; y además, mira, Yo no recuerdo ya nada, lo he olvidado perfectamente, ¿ves tú alguna sombra de rencor de parte mía?”
Y yo le decía: “No, Señor, eres tan bueno”. Pero sentía rompérseme el corazón de ternura. Y El:
“Y bien, ¿querrás mantener delante estas cosas?” “No, no, no quiero.” “Pensemos en amarnos y en contentarnos mutuamente.”
De ahí en adelante no pensé más en eso, hacía cuanto más podía por contentarlo y le pedía que El mismo me enseñase el modo cómo debía hacer para reparar el tiempo pasado. Y El me decía:
“Estoy presto a hacer lo que tú quieres. Mira, la primera cosa que te dije que quería de ti era la imitación de mi Vida, así que veamos qué cosa te falta.”
“Señor”, le decía, “me falta todo, no tengo nada.”
“Y bien”,
me decía,
“no temas, poco a poco haremos todo. Yo mismo conozco cuán débil eres, pero es de Mí que debes tomar fuerza.”
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Cap. 9.- Vol. 1 Las criaturas deben desaparecer a la vista del alma, la cual debe mirar solo a Jesús, y obrar solo con Jesús y por Jesús.
(No lo recuerdo en orden, pero como pueda lo diré) Y agregaba:
“Quiero que seas siempre recta en tu obrar, con un ojo me debes mirar a Mí y con el otro debes mirar lo que estás haciendo; quiero que las criaturas te desaparezcan del todo. Si te vienen dadas ordenes, no mires a las personas, no, sino debes pensar que Yo mismo quiero que tú hagas lo que te es ordenado, entonces con el ojo fijo en Mí no juzgarás a ninguno, no mirarás si la cosa te es penosa o te gusta, si puedes o no puedes hacerla; cerrando los ojos a todo esto los abrirás para mirarme sólo a Mí, me llevarás junto a ti pensando que te estoy mirando fijamente y me dirás: “Señor, sólo por Ti lo hago, sólo 21 por ti quiero obrar, no más esclava de las criaturas.” Así que si caminas, si obras, si hablas, en cualquier cosa que hagas, tu único fin debe ser de agradarme sólo a Mí. ¡OH! cuántos defectos evitarás si haces así.”
Otras veces me decía:
“También quiero que si las personas te mortifican, te injurian, te contradicen, la mirada también fija en Mí, pensando que con mi misma boca te digo: “Hija, soy precisamente Yo que quiero que sufras esto, no las criaturas, aleja la mirada de ellas, sino sólo Yo y tú siempre, todas las demás destrúyelas. Mira, quiero hacerte bella por medio de estos sufrimientos, te quiero enriquecer con méritos, quiero trabajar tu alma, volverte similar a Mí. Tú me harás un regalo, me agradecerás afectuosamente, serás agradecida con aquellas personas que te dan ocasión de sufrir, recompensándolas con algún beneficio. Haciendo así caminarás recta ante Mí, ninguna cosa te dará más inquietud y gozarás siempre paz.”
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Cap. 10.- Vol. 1 La criatura debe morir a sí misma para vivir solo en Jesús: Necesidad del espíritu de mortificación y de la Caridad.
Después de algún tiempo en que traté de ejercitarme en estas cosas, a veces haciendo y a veces cayendo (si bien veo claro que aún me falta este espíritu de rectitud) y siempre quedo más confundida pensando en tanta ingratitud mía, Jesús me habló y me hizo entender la necesidad del espíritu de mortificación. Si bien me acuerdo que en todas éstas cosas que me decía, me agregaba siempre que todo debía ser hecho por amor suyo, y que las virtudes más bellas, los sacrificios más grandes, se volvían insípidos si no tenían principio en el amor.
“La caridad, me decía, es una virtud que da vida y esplendor a todas las demás, de modo que sin ella todas están muertas y mis ojos no sienten ningún atractivo y no tienen ninguna fuerza sobre mi corazón; estate pues atenta y haz que tus obras, aún las mínimas estén investidas por la caridad, esto es, en Mí, conmigo y por Mí”.
Ahora vayamos directamente a la mortificación.
“Quiero”, me decía: “Que en todas tus cosas, hasta las necesarias sean hechas con espíritu de sacrificio. Mira, tus obras no pueden ser reconocidas por Mí como mías si no tienen la marca de la mortificación, así como la moneda no es reconocida por los pueblos si no contiene en sí misma la imagen de su rey, es más, es despreciada y no tomada en cuenta, así es de tus obras, si no tienen el injerto con mi cruz no pueden tener ningún valor. Mira, ahora no se trata de destruir a las criaturas, sino a ti misma, de hacerte morir para vivir solamente en Mí y de mi misma Vida. Es verdad que te costará más que lo que has hecho, pero ten valor, no temas, no lo harás tú sino Yo que obraré en ti.”
Entonces recibía otras luces sobre la aniquilación de mí misma y me decía:
“Tú no eres otra cosa que una sombra, que mientras quieres tomarla te huye, tú eres nada.”
Yo me sentía tan aniquilada que habría querido esconderme en los más profundos abismos, pero me veía imposibilitada para hacerlo, sentía tal vergüenza que quedaba muda. Mientras estaba en este reconocimiento de mi nada, El me decía:
“Ponte junto a Mí, apóyate en mi brazo, Yo te sostendré con mis manos y tú recibirás fuerza. Tú estás ciega, pero mi luz te servirá de guía. Mira, me pondré delante y tú no harás otra cosa que mirarme para imitarme.”
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Cap. 11.- Vol. 1 Como primera cosa, el alma debe hacer morir en todo y para todo la propia voluntad, mortificándola constantemente en cada cosa.
Después me decía:
“La primera cosa que quiero que mortifiques es tu voluntad, aquel “yo” se debe destruir en ti, quiero que la tengas sacrificada como víctima ante Mí para hacer que de tu voluntad y de la mía se forme una sola. ¿No estás contenta?”
Sí Señor, pero dame la gracia, porque veo que por mí nada puedo. Y El continuaba diciéndome:
“Sí, Yo mismo te contradiré en todo, y a veces por medio de las criaturas.”
Y sucedía así, por ejemplo: Si en la mañana me despertaba y no me levantaba en seguida, la voz interna me decía:
“Tú descansas, y Yo no tuve otro lecho que la cruz, pronto, pronto, no tanta satisfacción.”
Si caminaba y mi vista se iba un poco lejos, pronto me reprendía:
“No quiero, tu vista no la alejes de ti más allá que la distancia de un paso a otro, para hacer que no tropieces.”
Si me encontraba en el campo y veía flores, árboles, me decía:
“Yo todo lo he creado por amor tuyo, tú priva a tu vista de este contento por amor mío.”
Aun en las cosas más inocentes y santas, como por ejemplo los ornamentos de los altares, las procesiones, me decía:
“No debes tomar otro placer que en Mí sólo.” Si estaba sentada mientras trabajaba me decía:
“Estás demasiado cómoda, ¿no te acuerdas que mi Vida fue un continuo penar? ¿Y tú?, ¿y tú?”
Enseguida, para contentarlo me sentaba en la mitad de la silla y la otra mitad la dejaba vacía, y algunas veces en broma le decía:“Mira, OH Señor, la mitad de la silla está vacía, ven a sentarte junto a mí.” Alguna vez me parecía que me contentaba, y sentía tanto gusto que yo misma no sé decirlo. Algunas veces que estaba trabajando con lentitud y desganada me decía:
“Pronto, apúrate, que el tiempo que ganarás apurándote vendrás a pasarlo junto conmigo en la oración.”
A veces El mismo me indicaba cuánto trabajo debía hacer, y yo le pedía que viniera a ayudarme.
“Sí, sí,”
me respondía,
“lo haremos juntos a fin de que después que hayas terminado quedemos más libres.”
Y sucedía que en una hora o dos hacía lo que debía hacer en todo el día, después me iba a hacer oración y me daba tantas luces y me decía tantas cosas, que el querer decirlas sería demasiado largo. Recuerdo que mientras estaba sola trabajando, veía que no alcanzaba el hilo para completar aquel trabajo y que tendría necesidad de ir con la familia para buscarlo, entonces me dirigía a El y le decía: “En qué aprovecha amado mío el haberme ayudado, pues ahora veo que tengo necesidad de ir a la familia, y puedo encontrar personas y me impedirán venir de nuevo, y entonces nuestra conversación terminará.”
“Qué, qué,”
me decía,
“¿y tú tienes fe?”
“Sí.”
“Pues no temas, te haré terminar todo.”
Y así sucedía, y luego me ponía a rezar. Si llegaba la hora de la comida y comía alguna cosa agradable, rápidamente me reprendía internamente diciendo:
“¿Tal vez te has olvidado que Yo no tuve otro gusto que sufrir por amor tuyo, y que tú no debes tener otro gusto que el mortificarte por amor mío? Déjalo y come lo que no te agrada.”
Y yo en seguida lo tomaba y lo llevaba a la persona que ayudaba en el servicio, o bien decía que ya no quería, y muchas veces me la pasaba casi en ayunas, pero cuando iba a la oración recibía tanta fuerza y sentía tal saciedad, que sentía náusea de todo lo demás. Otras veces para contradecirme, si no tenía ganas de comer me decía:
“Quiero que comas por amor mío, y mientras el alimento se une al cuerpo, pídeme que mi amor se una con tu alma y quedarán santificadas todas las cosas.”
En una palabra, sin ir más lejos, aún en las cosas más mínimas trataba de hacer morir mi voluntad para hacer que viviera sólo para El. Permitía que hasta el confesor me contradijera, como por ejemplo: Sentía un gran deseo de recibir la comunión, todo el día y la noche no hacía otra cosa que prepararme, mis ojos no se podían cerrar al sueño por los continuos latidos del corazón y le decía: “Señor, apresúrate porque no puedo estar sin Ti, 24 acelera las horas, haz que surja pronto el sol porque yo no puedo más, mi corazón desfallece.” El mismo me hacía ciertas invitaciones amorosas con las que me sentía despedazar el corazón; me decía:
“Mira, Yo estoy solo, no sientas pena de que no puedes dormir, se trata de hacer compañía a tu Dios, a tu Esposo, a tu Todo que es continuamente ofendido, ¡ah! no me niegues este consuelo, que después en tus aflicciones Yo no te dejaré.”
Mientras estaba con estas disposiciones, por la mañana iba con el confesor y sin saber porqué, la primera cosa que me decía era:
“No quiero que recibas la comunión.”
Digo la verdad, me resultaba tan amargo que a veces no hacía otra cosa que llorar; al confesor no me atrevía a decirle nada, porque así quería Jesús que hiciera, de otra manera me reprendía, pero yo iba con El y le decía mi pena: “Ah bien mío, ¿para esto la vigilia que hemos hecho esta noche, que después de tanto esperar y desear debía quedar privada de Ti? Sé bien que debo obedecer, pero dime, ¿puedo estar sin Ti? ¿Quién me dará la fuerza? Y además, ¿cómo tendré el valor de irme de esta iglesia sin llevarte conmigo? Yo no sé qué hacer, pero Tú puedes remediar a todo.” Mientras así me desahogaba sentía venir un fuego junto a mí, entrar una llama en el corazón, y lo sentía dentro de mí, y en seguida me decía:
“Cálmate, cálmate, heme aquí, estoy ya en tu corazón, ¿de qué temes ahora? No te aflijas más, Yo mismo te quiero enjugar las lágrimas, tienes razón, tú no podías estar sin Mí, ¿no es verdad?”
Yo entonces quedaba tan aniquilada en mí misma por esto, y le decía que si yo fuera buena El no lo habría dispuesto así, y le pedía que no me dejara más, que sin El no quería estar.
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Cap. 12.- Vol. 1 Jesús quiere que el alma se enamore del padecimiento por Amor suyo: por eso la lleva a sumergirse en el mar sin límites de su Pasión. La primera visión de Jesús.
Después de estas cosas, un día después de la comunión lo sentía en mí todo amor, y que me amaba tanto que yo misma quedaba maravillada, porque me veía tan mala y sin corresponder, y decía dentro de mí: “Fuera buena al menos y te correspondiera, tengo temor de que me deje (este temor de que me deje lo he tenido siempre y aún lo tengo, y a veces es tanta la pena que siento, que creo que la pena de la muerte sería menor, y si El mismo no viene a calmarme no sé darme paz) y en cambio quiere estrecharse más íntimamente a mí.” Y mientras así me lo sentía dentro de mí, con voz interna me dijo:
“Amada mía, las cosas pasadas no han sido más que un preparativo, ahora quiero venir a los hechos, y para disponer tu corazón para hacer lo que quiero de ti, esto es, la imitación de mi Vida, quiero que te internes en el mar inmenso de mi Pasión, y cuando tú hayas comprendido bien la acerbidad de mis penas, el amor con el que las sufrí, quién soy Yo que tanto sufrí, y quién eres tú, vilísima criatura, ah, tu corazón no osará oponerse a los golpes, a la cruz que Yo, sólo por tu bien le tengo preparada, más bien al sólo pensar que Yo, tu maestro, he sufrido tanto, tus penas te parecerán sombras comparadas con las mías, el sufrir te será dulce y llegarás a no poder estar sin sufrimientos.”
Mi naturaleza temblaba al solo pensar en los sufrimientos, le pedía que El mismo me diera la fuerza, porque sin El, me habría servido de sus mismos dones para ofender al donador. Entonces me puse toda a meditar la Pasión, y esto hizo tanto bien a mi alma, que creo que todo el bien me ha venido de esta fuente. Veía la Pasión de Jesucristo como un mar inmenso de luz, que con sus innumerables rayos me herían toda, esto es, rayos de paciencia, de humildad, de obediencia y de tantas otras virtudes; me veía toda rodeada por esta luz y quedaba aniquilada al verme tan desemejante de El. Aquellos rayos que me inundaban eran para mí otros tantos reproches que me decían:
“Un Dios paciente, ¿y tú? Un Dios humilde y sometido aún a sus mismos enemigos, ¿y tú? Un Dios que sufre tanto por amor tuyo, ¿y tus sufrimientos por amor Suyo, dónde están?”.
A veces El mismo me narraba las penas sufridas por El, y quedaba tan conmovida que lloraba amargamente. Un día, mientras trabajaba, estaba considerando las penas acerbísimas que sufrió mi buen Jesús, mi corazón me lo sentía tan oprimido por la pena, que me faltaba la respiración; temiendo que me sucediera algo quise distraerme asomándome al balcón, vi hacia la calle, pero, ¿qué veo? Veo la calle llena de gente y en medio a mi amante Jesús con la cruz sobre la espalda – quien lo empujaba por un lado y quien por el otro, todo agitado, con el Rostro chorreando Sangre – que levantaba los ojos hacia mí en actitud de pedirme ayuda. ¿Quién podrá decir el dolor que sentí, la impresión que hizo sobre mi alma una escena tan lastimera? Rápidamente entré en mi habitación, yo misma no sabía dónde me encontraba, el corazón me lo sentía despedazar por el dolor, gritaba y llorando le decía: “¡Jesús mío, si al menos te pudiera ayudar, te pudiese liberar de esos lobos tan enfurecidos! ¡Ay! al menos quisiera sufrir esas penas en lugar tuyo para dar alivio a mi dolor. Ah, mi bien, dame el sufrir, porque no es justo que Tú sufras tanto y yo, pecadora, esté sin sufrir.” Desde entonces, recuerdo que se encendió en mí tanto deseo de sufrir que no se ha apagado hasta ahora. Recuerdo también que después de la comunión le pedía ardientemente que me concediera el sufrir, y El a veces, para contentarme, me parecía que tomaba las 26 espinas de su corona y las clavaba en mi corazón; otras veces sentía que tomaba mi corazón entre sus manos y lo estrechaba tan fuerte, que por el dolor sentía que perdía los sentidos. Cuando advertía que las personas se podrían dar cuenta de algo y a El dispuesto a darme estas penas, pronto le decía: “Señor, ¿qué haces? Te pido que me des el sufrir pero que nadie se de cuenta.” Durante algún tiempo me contentó, pero mis pecados me hicieron indigna de sufrir ocultamente, sin que nadie se diera cuenta. [Esta primera visión tuvo a la edad de 13 años más o menos.]
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Cap. 13.- Vol. 1 Jesús quiere que el alma toque con la mano la propia nada y se disponga a la más profunda humildad: y por eso la priva de todo consuelo y gracia sensible, ocultándose a ella.
Recuerdo que muchas veces después de la comunión me decía:
“No podrás verdaderamente asemejarte a Mí sino por medio de los sufrimientos. Hasta ahora he estado junto a ti, ahora quiero dejarte sola un poco, sin hacerme sentir. Mira, hasta ahora te he llevado de la mano, enseñándote y corrigiéndote en todo, y tú no has hecho otra cosa que seguirme. Ahora quiero que hagas por ti misma, pero más atenta que antes, pensando que te estoy mirando fijamente, pero sin hacerme sentir, y que cuando vuelva a hacerme sentir vendré, o para premiarte si me has sido fiel, o para castigarte si has sido ingrata.”
Quedaba tan espantada y abatida por esta noticia, que le decía: “Señor, mi todo y mi vida, ¿cómo podré subsistir sin Ti, quién me dará la fuerza? Cómo, después que me has hecho dejar todo, de modo que siento como si nadie existiera para mí, ¿me quieres dejar sola y abandonada? ¿Qué, te has tal vez olvidado de cuán mala soy, y que sin Ti nada puedo?” Y por esta recriminación, tomando un aspecto más serio, agregaba:
“Es que te quiero hacer comprender bien quién eres tú. Mira, lo hago por tu bien, no te entristezcas, quiero preparar tu corazón a recibir las gracias que he designado sobre ti. Hasta ahora te he asistido sensiblemente, ahora será menos sensiblemente, te haré tocar con la mano tu nada, te cimentaré bien en la profunda humildad para poder edificar sobre ti muros altísimos, así que en vez de afligirte deberías alegrarte y agradecerme, pues cuanto más pronto te haga pasar el mar tempestuoso, tanto más pronto llegarás a puerto seguro; a cuantas más duras pruebas te sujetaré, tantas gracias más grandes te daré. Así que, ánimo, ánimo, y después pronto vendré.”
Y al decirme esto me parecía que me bendecía y se fue. 27 ¿Quién podrá decir la pena que sentía, el vacío que dejaba en mi interior, las amargas lágrimas que derramé? Sin embargo me resigné a su Santa Voluntad, parecía que de lejos le besaba la mano que me había bendecido diciéndole: “Adiós, OH Esposo Santo, adiós.” Veía que todo para mí había terminado, ya que sólo lo tenía a El, y faltándome El no me quedaba ningún otro consuelo, sino que todo se convertía en amarguísimas penas; es más, las mismas criaturas me recrudecían la pena, de modo que todas las cosas que veía, parecía que me decían: “Mira, somos obras de tu amado, y El, ¿dónde está?” Si miraba agua, fuego, flores, hasta las mismas piedras, en seguida el pensamiento me decía: “Ah, estas son obras de tu Esposo, ellas tienen el bien de verlo y tú no lo ves.” ¿Ah obras de mi Señor, dadme noticias, decidme, dónde se encuentra? Me dijo que pronto volvería, pero quién sabe cuándo.” A veces llegaba a tan amarga desolación que me sentía faltar la respiración, me sentía helar toda y sentía un escalofrío por toda mi persona. A veces se daba cuenta la familia y lo atribuían a algún mal físico y querían ponerme en tratamiento, llamar a médicos. A veces insistían tanto que lo lograban, pero yo, sin embargo, hacía cuanto más podía para quedarme sola, así que pocas veces lo advertían.
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Cap. 14.- Vol. 1 El alma experimenta que no es capaz de nada sin Jesús, y que todo lo debe a El. Jesús, el verdadero Director Espiritual, la instruye sobre el modo de comportarse en el estado de oscuridad y abandono, en la oración, en la Comunión y en las visitas a Jesús en el Santísimo Sacramento.
Recordaba también todas las gracias, las palabras, las correcciones, las reprensiones, veía claramente que todo lo obrado hasta ahí, todo, todo había sido obra de su Gracia y que de mí no quedaba más que la pura nada y la inclinación al mal; tocaba con la mano que sin El no sentía más el amor tan sensible, aquellas luces tan claras en la meditación, de modo que permanecía hasta dos o tres horas, hacía cuanto más podía por hacer lo que hacía cuando lo sentía, porque oía repetir aquellas palabras:
“Si mi eres fiel vendré para premiarte, si ingrata para castigarte.”
Así pasaba a veces dos días, a veces cuatro, más o menos como a El le agradaba, mi único consuelo era recibirlo en el Sacramento. Ah, sí, ciertamente ahí lo encontraba, no podía dudar, y recuerdo que pocas veces no se hacía oír, porque tanto le pedía y volvía a pedir y lo importunaba, que me contentaba, pero no amoroso y amable, sino severo. Después que pasaban aquellos días en aquel estado descrito arriba, especialmente si le había sido fiel, me lo sentía regresar dentro de mí, me hablaba más claramente, y como en los días pasados no había podido concebir dentro de mí ni una palabra, ni oír nada, entonces entendí que no era mi fantasía, como muchas veces lo pensaba antes, tanto que de lo dicho 28 hasta aquí no decía nada ni al confesor ni a ninguna otra alma viviente. Sin embargo hacía cuanto más podía para corresponderle, porque de otra manera me hacía tanta guerra que no tenía paz. ¡Ah Señor, has sido tan bueno conmigo, y yo tan mala aún! Siguiendo con lo que había comenzado, me lo sentía dentro de mí, lo abrazaba, me lo estrechaba, le decía: “Amado Bien, mira cuán amarga me ha resultado nuestra separación.” Y El me decía:
“Es nada lo que has pasado, prepárate a pruebas más duras; por esto he venido, para disponer tu corazón y fortificarlo. Ahora me dirás todo lo que has pasado, tus dudas y temores, todas tus dificultades, para poderte enseñar el modo de cómo comportarte en mi ausencia.”
Entonces le hacía la narración de mis penas diciéndole: “Señor, mira, sin Ti no he podido hacer nada bien, la meditación la he hecho toda distraída, fea, tanto que no tenía ánimo de ofrecértela. En la comunión no he podido estar las horas enteras como cuando te sentía, me veía sola, no tenía con quien entenderme, me sentía toda vacía, la pena de tu ausencia me hacía probar agonías mortales, mi naturaleza quería despacharse pronto para huir de esa pena, mucho más que me parecía que no hacía otra cosa que perder el tiempo, y el temor de que al regresar Tú me castigaras por no haber sido fiel, entonces no sabía qué hacer. Además, la pena de que Tú eres continuamente ofendido, y que yo no sabiendo cuando, como antes me enseñabas, hacer esos actos de reparación, esas visitas al Santísimo Sacramento por las ofensas que Tú recibes. Entonces dime, ¿cómo debo hacer?” Y El, instruyéndome benignamente me decía:
1º. “Has hecho mal al estarte tan turbada, ¿no sabes tú que Yo soy Espíritu de Paz, y la primera cosa que te recomiendo es no disturbar la paz del corazón? Cuando en la oración no puedes recogerte, no quiero que pienses en esto o aquello, cómo es o cómo no es, haciendo así tú misma llamas a la distracción. Más bien, cuando te encuentres en ese estado, la primera cosa es que te humilles, confesándote merecedora de esas penas, poniéndote como un humilde corderillo en manos del verdugo, que mientras lo mata le lame las manos; así tú, mientras te ves golpeada, abatida, sola, te resignarás a mis santas disposiciones, me agradecerás de todo corazón, besarás la mano que te golpea, reconociéndote indigna de esas penas, después me ofrecerás aquellas amarguras, angustias y tedios, pidiéndome que los acepte como un sacrificio de alabanza, de satisfacción por tus culpas, de reparación por las ofensas que me hacen. Haciendo así tu oración subirá ante mi trono como incienso olorosísimo, herirá mi corazón y atraerá sobre ti nuevas gracias y nuevos carismas. El demonio viéndote humilde y resignada, toda abismada en tu nada, no tendrá fuerza de acercarse. He aquí que donde tú creías perder, harás grandes adquisiciones. 29 2º. Respecto a la Comunión no quiero que te aflijas porque no sabes estar, debes saber que es una sombra de las penas que sufrí en el Getsemani, ¿qué será cuando te haga partícipe de los flagelos, de las espinas y de los clavos? El pensamiento de las penas mayores te hará sufrir con más ánimo las penas menores. Entonces, cuando en la comunión te encuentres sola, agonizante, piensa que te quiero un poco en mi compañía en la agonía del Huerto. Por tanto ponte junto a Mí y haz una comparación entre tus penas y las mías, mira, tú sola y privada de Mí, y Yo también solo, abandonado por mis más fieles amigos que están adormilados, dejado solo hasta por mi Divino Padre, y además en medio de penas acerbísimas, rodeado de serpientes, de víboras y de perros enfurecidos, los cuales eran los pecados de los hombres, y donde estaban también los tuyos, que hacían su parte, que me parecía que me querían devorar vivo. Mi corazón sintió tanta opresión que me lo sentí como si estuviera bajo una prensa, tanto que sudé viva Sangre. Dime, ¿tú cuándo has llegado a sufrir tanto? Entonces, cuando te encuentres privada de Mí, afligida, vacía de todo consuelo, llena de tristezas, de afanes, de penas, ven junto a Mí, límpiame esa Sangre, ofréceme esas penas como alivio de mi amarguísima agonía. Haciendo así encontrarás el modo de entretenerte conmigo después de la comunión; no que no sufras, porque la pena más amarga que puedo dar a mis almas queridas es el privarlas de Mí, pero tú, pensando que con tu sufrir me das consuelo, estarás contenta. 3º. En cuanto a las Visitas y Actos de Reparación, tú debes saber que todo lo que hice en el curso de los treinta y tres años, desde que nací hasta que morí, lo continúo en el Sacramento del altar, por eso quiero que me visites treinta y tres veces al día, honrando todos mis años y uniéndote conmigo en el Sacramento, con mis mismas intenciones, esto es, de reparación, de adoración. Esto lo harás en todos los momentos del día, el primer pensamiento de la mañana de inmediato vuele ante el Sagrario, donde estoy por amor tuyo, y me visites, el último pensamiento de la tarde, mientras duermes por la noche, antes y después de comer, al principio de cada acción tuya, caminando, trabajando”.
Mientras así me decía, me sentía toda confundida, y no sabiendo si podría lograr hacerlo le dije: “Señor, te pido que estés junto a mí hasta que tenga la costumbre de hacerlo, porque conozco que contigo todo puedo, pero sin Ti, ¿qué puedo hacer yo, miserable?” Y El benignamente agregaba:
“Sí, sí, te contentaré, ¿cuándo te he faltado? Quiero tu buena voluntad, y cualquier ayuda que quieras te la daré.”
Y así lo hacía.
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